
Contemplar la belleza y la verdad de la celebración cristiana

Por Lino Emilio DĆez Valladares, SSS
Continúa la reflexión del papa Francisco sobre la aplicación de la reforma litúrgica. Después de Traditionis custodes, en la nueva carta apostólica Desiderio desideravi, entrega a la Iglesia un texto sobre la formación del pueblo de Dios.
Es una invitación a redescubrir, custodiar y vivir la verdad y la fuerza del rito. El encuentro con Dios no es fruto de una bĆŗsqueda interior individual de Cristo, sino que es un acontecimiento donado, que pertenece e implica a la totalidad de los fieles reunidos en Ć©l. La comunidad eclesial entra en el CenĆ”culo atraĆda por el deseo de JesĆŗs de comer la Pascua con nosotros (Lc 22,15).
El texto y su rico contenido
El documento, dividido en sesenta y cinco pĆ”rrafos, propone una serie de aportaciones sobre la teologĆa de la liturgia como fundamento del itinerario formativo. La celebración, explica el Papa, no puede reducirse a la asimilación mental de una idea, sino que es una implicación existencial real con la persona de Cristo JesĆŗs. Francisco no se sitĆŗa en la necesaria dimensión jurĆdica de la celebración, pero tampoco en la didĆ”ctica propia de un directorio, sino que adopta una postura contemplativa mĆ”s acorde con la naturaleza de la liturgia.
Ā«Contemplar la belleza y la verdad de la celebraciónĀ» (n. 1) significa, en efecto, meditar el Misterio de Dios en Jesucristo a travĆ©s de los modos mismos en que este Misterio se revela y se comunica: mediante las palabras y los signos de la celebración. Se trata, pues, mĆ”s bien de un texto de meditación, con una viva impronta bĆblica, patrĆstica y litĆŗrgica, que ofrece muchas motivaciones para comprender la belleza de la verdad de la celebración litĆŗrgica. De ella nace y se fortalece la comunión vivida en la caridad fraterna, que es el primer y mĆ”s eficaz testimonio del Evangelio.
Aunque, en varias ocasiones, el Santo Padre afirma que no pretende tratar exhaustivamente los temas abordados, se ofrecen muchas intuiciones sobre el significado teológico de la liturgia, la necesidad de una formación litúrgica seria y vital de todo el pueblo de Dios y la importancia formativa de un arte de celebrar que concierne no solo a quienes la presiden.
Los ministros ordenados estĆ”n llamados a tomar de la mano a los fieles bautizados e iniciarlos en la experiencia repetida de la Pascua. El presbĆtero es una presencia particular del SeƱor resucitado, que es el Ćŗnico protagonista de la acción celebrativa, y no Ā«ciertamente nuestra inmadurez, que busca asumir un papel, una actitud y un modo de presentarse, que no le correspondenĀ» (n. 57). Es la celebración misma, junto con el ejercicio del ministerio, la que educa a los sacerdotes en la calidad de presidentes, los forma con las palabras y los gestos que la liturgia pone en sus labios y en sus manos.
El texto advierte contra las trampas del individualismo y del subjetivismo (que recuerdan de nuevo al pelagianismo y al gnosticismo), asĆ como del espiritualismo abstracto: estamos llamados a recuperar la capacidad āfundamental en la liturgiaā de la acción y de la comprensión simbólicas. Haber perdido la capacidad de comprender el valor simbólico del cuerpo y de toda criatura āaclara el papa Bergoglioā hace que el lenguaje simbólico de la liturgia sea casi inaccesible para la humanidad de este tiempo; existe la tentación de renunciar a Ć©l y pretender explicarlo todo.
La carta aclara bien lo que significa la formación litĆŗrgica en la Iglesia de hoy: un estudio de la liturgia que āmĆ”s allĆ” de un contexto exclusivamente acadĆ©micoā guĆe a cada fiel al conocimiento del desarrollo de la celebración cristiana, para que todos puedan comprender los textos de las oraciones, los dinamismos rituales y su significado antropológico (n. 35). Todo esto no puede conquistarse de una vez para siempre, sino que requiere una formación permanente, caracterizada por Ā«la humildad de los pequeƱos, actitud que abre al asombroĀ» (n. 38).
La celebración, explica el Papa, no puede reducirse a la asimilación mental de una idea, sino que es una implicación existencial real con la persona de Cristo Jesús.

(CNS photo/Paul Haring)
En la fiesta de los santos apóstoles Pedro y Pablo
Petri beati, Pauli sacratissimi,
quos Christus almo consecravit sanguine,
Ecclesiarum deputavit principes.
AsĆ canta la Iglesia celebrando a los santos Pedro y Pablo, a quienes Cristo consagró con sangre vivificante y consideró dignos de ser contados como prĆncipes de los apóstoles. En el dĆa de su fiesta, jĆŗbilo de la fecundidad de la Iglesia, el Santo Padre, sucesor de Pedro, nos ofrecĆa una inesperada carta apostólica Ā«sobre la formación litĆŗrgica del pueblo de DiosĀ».
El tĆtulo mismo es una obra maestra de condensación poĆ©tica y la fecha no es casual. Es la de las llamas devoradoras del martirio, la de quienes miran la liturgia como el fuego que habita en el corazón de JesĆŗs, la de quienes ven en su sacrificio, en el de Pedro y Pablo, en el āincruentoā de la EucaristĆa y de toda acción litĆŗrgica de la Iglesia (cf. SC 7), la acción sacerdotal de Cristo, la ofrenda sacerdotal del Hijo de Dios, el amor que ardientemente deseaba derramar en el mundo. JesĆŗs no es un gnóstico, ama del Amor que es. No hace cĆ”lculos, se ofrece. Anhela nuestro amor, como anhelaba el amor de la mujer de Samaria, cuando deseaba con irreprimible anhelo que ella se diera cuenta de que tenĆa sed de Ć©l. Por eso la liturgia es gratuidad y belleza, porque no pesa ni calcula, sino que ofrece y da amor. Por eso esta carta es una sinfonĆa de belleza, suntuosa y sobria como un crucifijo medieval, orgullosamente empeƱada en despertar de nuevo en la percepción intelectual la capacidad de leer los sĆmbolos, es decir, de acoger las realidades cumplidas, superando la angustia de la precariedad.
Desear el deseo de Dios
Deseamos el deseo del Santo Padre Francisco porque apunta al deseo de Dios. Ā«No se entra en el CenĆ”culo sino por la atracción de su deseo de comer la Pascua con nosotros: āArdientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecerāĀ» (n. 20).
Adquiere la Carta Apstólica Desiderio desideravi en la LibrerĆa SAN PABLO
En cambio, el deseo del hombre de hoy parece llevarle muy lejos de Dios. Pretende una libertad absoluta, persigue un placer fĆ”cil e inmediato, una satisfacción que llene cada fragmento de su tiempo, cada espacio de su vida. Busca ser reconocido, admirado, aprobado. Quiere el poder como entretenimiento. Eso es lo que apetece el deseo del hombre, mientras solo sea un habitante del siglo y del mundo. Pero si entra en una iglesia donde se celebra la santa liturgia, corre el riesgo de desear algo totalmente distinto. Desea caer de rodillas; aunque el Santo Padre aclara: Ā«la liturgia no tiene nada que ver con el moralismo ascĆ©ticoĀ» (n. 20) y es mĆ”s bien Ā«un encuentro vivo con Ć©lĀ» (n. 10), hasta el vĆ©rtigo de convertirse en Ć©l, Ā«hijos en el HijoĀ» (n. 15). Desea inclinar la cabeza, poder suplicar, alabar, servir, cantar, pedir la sabidurĆa, recoger el fruto del amor, verse envuelto en la belleza, tener una promesa de salvación que no falla, saborear, como escribe Guardini, Ā«la grandeza de la oraciónĀ» (n. 50).
Anunciar, celebrƔndolo, el Misterio de Dios
Esta carta es un vibrante llamamiento a la formación litĆŗrgica de los fieles. Es un verdadero tratado de teologĆa de la liturgia segĆŗn el papa Francisco. En un momento de gran fragmentación de las formas de celebrar, en el que el choque de sensibilidades puede resultar difĆcil para muchos, y en el que los documentos que resumen el proceso sinodal ponen de manifiesto las dificultades de los fieles respecto a las instituciones y prĆ”cticas actuales, esta carta es un texto de gran importancia: ofrece a la Iglesia latina orientaciones para la regulación de la vida litĆŗrgica que no se basan, como algunos desearĆan, en un refuerzo del aparato disciplinar, ni por tanto en la reafirmación del necesario respeto de las rĆŗbricas, sino en una formación profundizada basada en una inteligencia de la acción. Desarrolla su concepción de un arte de celebrar cuyo objetivo es ser signo de la alegrĆa del Evangelio. Para el Papa, el verdadero criterio de la vida litĆŗrgica no es la conformidad con las reglas, ni un alarde ceremonial para defender la sacralidad de los ritos, sino la capacidad de anunciar el misterio de un Dios que se ha revelado en Jesucristo como un Dios de ternura y misericordia, un Dios que ama y muestra misericordia.
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